Primera parada: Liétor, pueblo con mucho encanto como nuestro compañero trinétiko, Juan Luis Guerras Soria

Aquí podéis leer cómo se acuerda él de aquellos años...
 

"Trepar higueras. Si alguien me preguntase qué es lo que más recuerdo de mi infancia en Liétor,
sin duda serían las tardes interminables de verano acompañando a mi abuelo Juan Diego en el
huerto. Mientras él se dedicaba a cavar y regar, cuidando su huerto como un artesano, yo me
dedicaba a trepar las higueras. De cuando en cuando me dejaba un escabillo (una hazada
pequeña), pero hasta yo me daba cuenta que la tierra no merecía semejante castigo y me
dedicaba a desarrollar en esos pobres árboles la motricidad que la ciudad no me ofrecía.
Era buen hombre mi abuelo. El mejor junto a mi padre. Recuerdo los ratos jugando a las cartas:
brisca, tute, cinquillo…no había Minecraft ni Clash Royale ni Fornite. Sólo había una mesa camilla
con unas faldas con las que hasta en verano resultaba imposible no taparse, un brasero debajo
que te quemaba la suela de las zapatillas si te descuidabas y un tapete de ganchillo hecho a
mano por mi abuela.

Sigue ella haciendo ganchillo aunque sus dedos y su cuerpo ya no respondan como lo han hecho
durante tantos años de cuidar animales, trabajar en el campo y mantener una casa (de las de
antes) siempre impoluta. También la recuerdo escaldando gallinas, haciendo conserva de tomate
y dándole al mortero para hacer ajoaceite. Parece que todo sean cosas del siglo pasado.
Los veranos donde la cena marcaba el momento de llegar a casa y luego salir a sentarse a la
fresca a hablar con el vecindario. Se vivía a otro ritmo. Ahora la casa y la calle están vacías.

En Liétor empecé a tener amigos: primero fueron “el Sidro”, “el cabe” y “el rabioso” y luego Alfon,
Saúl y Arturo. Todos siguen cerca. Qué suerte la mía.
También aprendí a montar en bicicleta: recuerdo un día que fui al Pilar (no a Zaragoza, no. A la
fuente de la plaza) a beber agua con mi BH roja, mejor dicho, con la BH roja de mi hermana,
donde las rodillas ya me golpeaban el manillar y al bajar el bordillo me vi debajo del morro de un
Volkswagen Passat verde. Me dio tanto miedo que me fui corriendo sin decir nada y me quedé a
solas en un callejón hasta bajar las pulsaciones. Intenté ocultárselo a mi abuela sin darme cuenta
que el conductor era mi vecino y que al llegar yo a mi casa mi abuela ya estaba al tanto de todo.

La vida de pueblo.

Quizás gracias a esa forma de vida confiaban más en mí y me daban una libertad que en la
ciudad no tenía. Quizás sea eso lo que necesite la infancia hoy en día. Un pueblo. Aunque no sea

Liétor, mal no les hará."